El príncipe encantador sobreactuado y la bruja rubia maléfica.


Érase que se era un cantautor atormentado que llegó blandiendo su guitarra a una posada. El Príncipe Encantador Sobreactuado (PES a partir de ahora) entró sonriente a pesar de vivir atormentado, saludó al posadero llorándole sus penas sin exagerar, que él no era de exagerar nunca, todo lo sentía muy profundo en lo más hondo de su bondadoso corazón.

Apesadumbrado, afinó su guitarra, la única que le comprendía y que no hería sus sentimientos, no como las odiosas princesas que iban a verle tocar y sólo a verle tocar, nada de querer pasar la noche en sus aposentos.  Tras llegar a esta conclusión se retiró a la barra a darle al pimple que eso quita todos los males. En ese instante apareció  la bruja rubia maléfica (BRM) que le observaba con ardor,  nuestro héroe ingenuo y candoroso como ninguno no pudo averiguar la naturaleza real de esta bella moza y sin apenas sobreactuar le devolvió la mirada.

-¡Válgame el cielo! ¡Qué jaca!¡Y rubia! A esta con dos susurros y 3 guitarreos la llevo al catre. –pensó PES, que era bien conocido en el reino por su romanticismo.

Y así, subió al escenario y cantó como si no hubiera mañana, con todo el sentimiento que llevaba dentro y el que no llevaba, se lo inventaba. Nadie jamás habló de cortarse las uñas con tanta entrega y pasión. BRM, que como era rubia tenía todos los pelos de tonta, no pudo evitar caer en su embrujo y mojar las bragas de seda que su hada madrina le había regalado. O eso era lo que creía PES. Porque al terminar su canción, emocionado por los aplausos recibidos, mientras se congratulaba de haber mandado a sus lacayos cambiar las sábanas antes de salir de palacio, se dio cuenta que BRM no estaba sola. ¡Ignominia! ¡Oprobio! Un cualquiera sin mundo interior ni guitarra se sentaba a su lado y le susurraba cosas ¡cosas!. Sin duda el malvado mindundi había hechizado a su princesa con polvos mágicos en su bebida, porque estaba más que claro que ella le amaba a él y a su cola de caballo Pantene y ansiaba cortarle las uñas, ser la madre de sus hijos y comer perdices escabechadas sobre lecho de frutos de la tierra y espuma de guisantes.

Entonces, el brujo malo maloso desapareció con la desamparada damisela dejando tras de sí las copas sin acabar. PES sospechó que algo malo ocurría, porque nadie deja su cerveza a medias en tiempos de crisis. Así que salió de la posada en su corcel imaginario a rescatar a su bella dama en apuros. Fuera, en la oscuridad de la noche el destino acechaba al aguerrido cantautor en forma de niebla envolvente. Cuando sus ojos, cansados de tanto sufrimiento cantautoril, consiguieron divisar a la pareja en su libre albedrío, con horror se percató que había gastado detergente y suavizante en balde en su ropa de cama. BRM no solo no estaba embrujada, si no que ella era la bruja, la hechicera que seducía a los hombres para que la besasen en cualquier escalera y además, lo disfrutaba la muy… Y lo peor de todo es que no le había elegido a él como amante.

-¡Eres mala! ¡Herejía! ¡Has mancillado mi honor (y el tuyo) exijo una satisfacción!¡Bruja, bruja, bruja! ¡Arderás en el infierno!- gritó PES para sus adentros. Y como actuaba tan tan bien y su pensamiento no era fruto de sentimiento de inferioridad ninguno, por arte de magia, BRM inició sin aviso previo una combustión espontánea de la que nunca podrá resurgir, salvo que las lágrimas de 7 lánguidos cantautores rieguen sus cenizas.

Moraleja: nunca hagáis sufrir a un cantautor y nunca volváis a dar al play.

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