Jerry González y el Comando de la Clave en el Café Central


Algunos dicen que los bajos deberían tener una cuerda menos, porque total, los bajistas solo la usan para apoyar el pulgar.
Esos no han visto tocar nunca, por ejemplo, a Alaín Pérez. Entonces sabrían lo fundamental que es la quinta cuerda. Lo difícil que es hacer que suene bien pero lo determinante que es.
Tanto que uno podría pasarse la vida viendo ese dedo índice tirar de las cinco cuerdas si no fuese porque entonces se perdería los dedos de la mano izquierda dándose un paseo preciso, a veces lento, otras vertiginoso, por todos los trastes.
Como si fuese fácil sonar así. Que el bajo sea definitivo, que lo sea todo algunas veces. Solo algunos consiguen que las cosas complicadas parezcan al alcance de cualquiera. Viéndole tocar se diría que el bajo es un juego de niños. Algo natural. Como si no se hubiese pasado horas y horas y más horas perfeccionando esa técnica, potenciando su talento innato.
Lo que Alaín Pérez hace con el bajo tiene todavía más mérito si tocas en el cuarteto de Jerry González que casi te esconde con su corpulencia y su trompeta y sus congas. Jerry tiene edad de jubilarse pero ganas de seguir aunque ya no sea tan preciso ni tan definitivo. Pero todavía es fantástico soplando como si hablase. Golpeando como si hablase. Y sobre todo dejándose llevar arriba arriba por el comando de la clave.
No tienen desperdicio los 3 escuderos.
Caramelo (Javier Massó) sin manos de pianista ni maneras de pianista cuando uno lo ve subir al escenario con su cara de niño travieso. Pero pone los dedos en las teclas y hace magia. De verdad. Es otro músico capaz de la caricia y el golpe consecutivos sobre las teclas. De que las dos cosas sean perfectas y tengan sentido.
Capaz del espectáculo del vértigo y la adrenalina pero también de la discreción de una melodía suave que sirve de apoyo a los vientos de Jerry González acariciando como seda en algunos finales.
Caramelo parece tener 20 dedos en cada mano e ir a una velocidad distinta que el resto del mundo, como si tuviese algún superpoder que le permite entender las cosas más rápido, tocar más rápido cuando hace falta o increíblemente lento como deslizándose cuando la canción pide justo esa suavidad.
Encima es un músico simpático en el escenario.
Es difícil fijarse en el baterista con estos 3 tocando alrededor, rezumando carisma. Pero Kiki Ferrer, desde el rincón, esquinado, primero cabizbajo y luego abriendo bien sus ojos redondos, es demasiado bueno también como para pasarlo por alto. Como para olvidarse de esa forma de tocar poniendo cimientos que puedan con todo. Con ellos tres, con nosotros. Que puedan con el peso de las estrellas y el del público que va detrás de la magia y se echa encima con el cuerpo enloquecido no sabiendo a qué ritmo obedecer y encontrando de pronto la batería de Ferrer apuntalándolo todo. A veces simplemente deslizando las escobillas como hipnotizándonos. Siendo una especie de lugar seguro.
Es muy muy difícil explicar la felicidad de ver tocar a esos musicazos juntos y no saber dónde mirar, qué oír, en qué parte del cuerpo dejar que resuene su música, con qué instrumento enredarse.
Así que solo queda poner un vídeo de youtube y recordarles que estarán toda la semana en el Café Central. Por si necesitan dos horas de felicidad en estos tiempos tristes.

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