Público maleducado


El viernes pasado en el concierto de Anaut había demasiada gente hablando de sus movidas a gritos hasta el punto de complicar al público normal lo de oír a los músicos.

Igual que ya me puse como una hidra de siete cabezas con los invitados maleducados esta vez me toca hacer autocrítica. El público puede ser de lo más insoportable. Podemos.
Cada uno de nosotros podemos ser de lo más insoportable.
Yo misma, que me tengo por una persona educada, en algún concierto que me ha parecido pésimo o aburrido o donde el músico me ha caído muy mal, he sido profundamente desconsiderada poniéndome a hablar o a hacer mis cosas. Luego me he dado cuenta de que no hay excusa para molestar al resto de gente. Y que si no te gusta lo que suena tienes dos opciones: callarte la boquita y aguantar el tipo o largarte. Después de aprender esta necesaria lección me he ido de algún que otro concierto insufrible sin hacer ruido a tomarme una caña al bar de al lado.
Ya decía Sabina que solo en Antón Martín hay más bares que en toda Noruega. En cualquier localidad patria en la que haya una sala de conciertos habrá, al menos, el triple de bares normales y corrientes donde ir a emborracharse y a abrazar farolas y a dar voces y a contarle a fulanito a grito “pelao” lo que sea que te está inquietando en ese momento. También podrás hacerte fotos con el pulgar hacia arriba, el índice y el corazón levantados en señal de victoria, la lengua fuera o lo que se te ocurra. No saldrá detrás un músico, claro. Y eso luce menos en Instagram o en los muros de Feisbuc.
El viernes en el concierto de Anaut alguien se puso a mi lado a contarle a otra persona su vida a un volumen altísimo como queriendo decirle a los músicos “a ver que esta no me oye bien, podéis parar un poquitito con lo vuestro de los instrumentos?”. Y yo le mandé callar al más puro estilo bibliotecaria, con un discreto chistar que le sentó al borracho de turno a cuerno quemado.
Me dijo “me vas a mandar callar?” le respondí “esto es un concierto” (pensando: “mandarte callar ya te he mandado, la pregunta es si vas a cerrar la puta boca”)  y él gritó “pues por eso” a medio palmo de mi nariz.
Intentó asustarme, digamos. Intimidas al otro y te pones como una moto para ver si entre el miedo y la vergüenza por el numerito el otro se calla y consigues que parezca que tú tienes razón.
A mi cuando alguien me grita como un energúmeno me pueden pasar dos cosas: que me derrumbe y me ponga a llorar como una magdalena o que plante los pies en el suelo y saque toda la potencia para enfrentarme al que me trata de intimidar.
Pasó la segunda cosa el viernes pasado y tuvimos una bronca a gritos entre canción y canción que Anaut aguantó con su mejor sonrisa de “aquí no pasa nada” .
Tras un rifirrafe donde el caradura me decía “pues si te molesta que hable te vas más delante” y yo le respondía que no que mejor casi ya si eso se iba él a la calle y nos dejaba a todos en paz. Y me pedía que llamase al “encargao” para que le echase como si esto fuese un monólogo de Gila o yo supiese quién estaba al cargo.
Acabé la conversación sintiéndome fatal por haber sido parte del problema cuando trataba de solucionarlo, diciendo con mi mejor tono y en un susurro “haz lo que te de la gana, le vas a molestar más a él que a mi” señalando al escenario y llamándole maleducado mientras su novia, o lo que fuese, intentaba justificar lo injustificable. Supongo que por miedo y por no aguantarle después.
Luego el angelito se pasó el concierto intentando molestarme. Pero sin conseguirlo del todo porque no dejaba de hacerme gracia que la gente de la sala chistase al unísono cuando el muy pelma hacía jaleo. Permitiéndome a mi decir con sorna “mira, no soy la única que manda callar a los que hablan en los conciertos, qué cosas tiene la gente”
Como lo tenía pegado a mi (por lo suyo de la intimidación mezclado con la rabia de no estarse saliendo claramente con la suya a pesar de que en su grupo eran como 15 y en el mío 3) opté por tomármelo a broma haciendo permanentes comentarios sobre mi magnetismo inevitable que acabaron con él alejándose de mi de una vez por todas.
Cada vez veo más casos como este en todas las edades sexos y religiones en esta España nuestra donde tendemos a hacer las cosas al revés.
Este chico al que los conciertos le parecen un sitio ideal para la charla con los colegas es el mismo que después del concierto le pide un autógrafo y se hace una foto abrazado al músico de turno.
Ya lo he dicho más veces: parece que para algunos lo importante es poder decir “Mi colega es músico” “yo tengo una foto con fulanito, el músico (pausa dramática)” que el arte de esos músicos fuese lo de menos cuando es lo de más. Es justo ese don que tienen para crear una atmósfera tal que ni siquiera oyes demasiado a los que gritan, lo fundamental de la historia.
Es ese don para hacerte viajar, transportarte, cambiarte el humor, obligarte a sonreír, hacerte llorar, darte un vuelco al corazón, provocarte ganas de bailar, de soltarte el pelo, de escribir un mensaje a alguien en quien no pensabas desde hace meses, de quitarte la ropa, de besar como si se acabase el mundo, es ese don, el que hay que admirar, respetar, cuidar y atender.
Eso y no todo el atrezzo.
Cualqueira es capaz del atrezzo. Sin tener ningún talento. Yo misma soy capaz de disfrazarme de protagonista de videoclip, imitar los mohines. Soy capaz solita. Pero no puedo escribir una melodía que te cambie la vida ni cantarla para iluminarte el día más oscuro.
Me da pena que seamos tan mal público algunas veces teniendo ahí arriba músicos con un talento único y la generosidad para dar más de lo que se le puede pedir a nadie.

Mandamientos simples para público witty

  1. No hablarás durante las canciones y tratarás de reducir los comentarios entre canciones para no hacer al músico esperar a que termines con la disertación de una hora sobre lo que sea que te perturba (broncas con borrachos incluidas).
  2. No darás la coña al músico pidiéndole souvenirs durante el desarrollo del concierto (la púa, los gayumbos, lo que sea. Te esperas)
  3. No te considerarás con derecho a ser coleguita del músico solo por pagar una entrada. Tienes derecho a que se lo curre, a que suene bien, a no aplaudir lo que no te gusta, a reírte de lo que te haga gracia y no reírte de lo que no la tenga, a pedir canciones (dentro de un orden) a gritar “queremos un hijo tuyo” aunque sea mentira, a bailar y dar saltos (esto todo si no es un concierto de una orquesta de cámara o similares, ya me entiendes). Pero no a que se tome las copas de después contigo dándole la chapa sobre tu idea del cosmos. Es como si tu jefe se fuese de cañas contigo los sábados porque te paga la nómina.
  4. No le preguntarás en la firma de autógrafos si se acuerda de ti, que hace 8 años le saludaste en un antro sin luz a las 5 de la mañana cuando los dos estabais como piojos. Le obligarás a mentir o decepcionarte. Asúmelo, no eres el centro de su vida del mismo modo en que él no es el centro de la tuya aunque algunas veces finjas que sí.
  5. No te harás fotos de perfil/instragram molestando a todos los de alrededor. La típica foto borrosa del escenario con luces de colorinchis deberá ser suficiente para que tus amigos de Facebook comprendan lo apasionante que es tu vida y lo cool que es tu ocio.
  6. Quitarás el timbre al móvil (que tengamos que decir esto todavía ya es lamentable) y procurarás reprimir tus impulsos de estarte “guasapeando” todo el concierto por muy animado que esté el debate de tu grupo de la liguilla de “solteras contra casadas”. Vive el presente. 
Estos mandamientos son ampliables o matizables. Hablad, queridos lectores (músicos que nos leéis con interés y estáis al otro lado de esta historia, aceptamos críticas constructivas)
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