Glen Hansard en Iveagh Gardens (Dublin 21 de julio)


Fue aproximadamente el último día de verano en Dublín. Aproximadamente porque todavía quedaba la mañana soleada de un lunes de resaca conciertil, aeropuerto y amenaza lejana de tormenta.
En Dublín la lluvia es un ingrediente necesario en todas las estaciones, pero a veces da una tregua y la ciudad reluce como pocas.
El domingo 21 fuimos a los Iveagh Gardens dos apasionadas de la música en directo, de los buenos músicos, y una amiga que nos mira calmada mientras enloquecemos.
Los teloneros no nos intersaban tanto como la Guinness fría así que llegamos solo 1h antes de que Glen Hansard empezase su show.
Eso que él hace.
Los buenos son siempre mejores en directo que en disco. Los conciertos son una conversación y Glen lo sabe y sabe también cómo decirlo todo sin dejarse nunca nada en el tintero.
Es capaz de subir 15 personas a un escenario y que todo suene maravilloso.
Es capaz de quedarse solo un minuto después con una guitarra agujereada de sonido extraño e inconfundible y su voz poderosa de hombre apasionado que ni mide ni controla, que simplemente se desborda y se desgañita sin desafinar ni una sola nota, porque como él dice algunos días “si cantas de corazón nunca desafinas”.
Glen pone las vísceras encima del tapete y sube a sus amigos, a su mujer, a músicos que conoce por el mundo. Sin más orden ni concierto aparente que disfrutar y disfrutar y disfrutar.
Llorar cuando hay que llorar sabiendo que dentro de un momentito él va a encargarse de soplar las heridas abiertas. Va a llenarte de esa energía que nunca sabes de donde saca, te va a obligar a saltar, a bailar, a gritar, a despeinarte a dejar que todo se ponga en su sitio a fuerza de descolocarse todavía más.
Versionando a Marvin “Baby don´t you do it” convirtiendo el lamento en una broma. En un “tú sabrás” de manual. Glen Hansard mueve el hombro y la cadera, salta excitado mientras todos movemos los hombros y las caderas y gritamos enloquecidos sin darnos cuenta de que hace un rato se fue el sol y se hizo de noche sobre los jardines. Sin darnos cuenta de que llevamos más de dos horas gritando y saltando y disfrutando.
Siendo poco conscientes todavía cuando sube a Moji y su voz potentísima y oscura cantando High Hope. Esa canción en la que alguien se rinde a la evidencia y asume que algo no va a ser ahora. Asume que hay que dejar de esperar. Eso como esperanza suprema. Quiero verte allí, cuándo y dónde sea. En el momento en que nos crucemos de verdad. Cuando podamos enredarnos. Quizá cuando seamos viejos. Quizá nunca. Mientras tanto que siga la música.
Y sigue y sigue y sigue hasta que 3 horas después, cuando ya estamos flotando, cuando no sentimos ni el cansancio ni el cambio de luz ni el de temperatura ni la cicatriz tierna cubriendo la herida, el concierto termina con una lección que los dublineses me enseñaron hace mucho tiempo.
Que los vascos me acercaron a casa.

Yo tenía 15 años y una maleta esperando para irme de Irlanda, en un césped cualquiera de Malahide. Todos empezamos a cantar las canciones tradicionales que nos habían enseñado aquel verano.
La típica Molly Malone que el vagabundo borracho canta en la Naranja Mecánica, aunque entonces aun no sabía nada de Kubrik.
El Dublin Saunter. Luego empezaron a cantar en Euskera. Y yo me puse a llorar sin entender las palabras pero captando el sentido de aquella canción. Estábamos tristes todos. Y cantábamos en la despedida.

Los dublineses cantan todo el tiempo. Cantan y tocan instrumentos y siguen el ritmo con el pié y silban mientras caminan y se paran en Grafton a escuchar a gente cantar y tocar instrumentos y canciones. Corean y hasta bailan lo que otros tocan.
La música como forma de expresión de lo que sienten.

Glen y todo el público del Iveagh Garden me recordaron ese aprendizaje de hace demasiados años.
Tres horas después de que la experiencia Glen empezase bajo el sol dublinés, sonó “The auld triangle” una canción que habla de un preso dublinés. Puede que del IRA. Puede que no.
Todos los músicos que habían participado en el show cantaron y tocaron un trocito. Juntos. Y la gente gritaba el estribillo. Junta. Siendo una. Una de verdad. Me sentí parte de un todo, totalmente integrada aunque no sabía qué coño estaban cantando, que coño estaba cantando yo misma una estrofa después. La masa que idiotiza pero a veces reconforta.
Tres horas después salimos de allí eufóricas. Felices. Sabiendo que habíamos vivido algo inolvidable.
No sé qué don tiene Glen Hansard, pero tienen que ir a verle en directo, lo que hace, lo digo en serio, no es de este mundo.

 

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Actualización:

En The setlist wiki han incluido el set del concierto

Arbutus Yarns hicieron un vídeo resumen del concierto

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